Los riesgos empresariales

Los distintos tipos de riesgo que afrontan las empresas.

El riesgo empresarial se define como la probabilidad de que ocurra un suceso que impida obtener el resultado esperado en la realización de un negocio. Dicho de otra forma, riesgo es la contingencia de sufrir una pérdida económica en el desarrollo de cualquier tipo de actividad empresarial que en teoría habría de suponer la obtención de un lucro. “Hacer predicciones es muy difícil, en especial si se refieren al futuro”; esta frase del premio Nobel de física danés Niels Bohr nos viene a decir que pronosticar el desenlace de una situación es siempre difícil ya que hay incertidumbre respecto a lo que puede suceder. El riesgo es un fenómeno consustancial a la actividad empresarial puesto que cualquier negocio está sujeto de forma permanente a múltiples riesgos de diversa índole. El solo hecho de constituir una empresa ya implica que el empresario debe asumir un riesgo; el de perder el capital invertido.  El riesgo empresarial puede ser debido tanto a factores externos como a factores internos. El riesgo aparece en las decisiones de la empresa respecto a la elección del objeto del negocio, los productos a comercializar, las fuentes de financiación, la selección del personal, la búsqueda de los proveedores, la captación de los clientes o la entrada en nuevos mercados.

Los riesgos pueden derivarse de la variación de las condiciones de la oferta y de la demanda de mercado entre el comienzo y la finalización de un negocio, puesto que dichas condiciones pueden diferir enormemente de las que se previeron en su momento. Asimismo, los riesgos pueden ser debidos a percances naturales como incendios, inundaciones, fenómenos climáticos, epidemias y terremotos. También aparecen riesgos de tipo económico–financiero, como son los riesgos de tipos de cambio, de interés, de embargo comercial, de “default” o de mercado. Los riesgos también pueden tener su origen en el comportamiento humano: accidentes causados por personal poco diligente, fraudes de los gerentes, incompetencia del equipo directivo, deshonestidad de los administradores, incumplimiento de las obligaciones por parte del personal o negligencia en el desarrollo de sus funciones por parte de los empleados.

Por consiguiente, el riesgo es inherente al funcionamiento de cualquier empresa y está motivado por la incertidumbre de lo que pueda pasar en un futuro. Por todo ello la empresa debe analizar, evaluar y minimizar los riesgos para poder cumplir sus objetivos, de manera que la gestión de riesgos es una de las funciones clave de la actividad empresarial.  Las empresas han de reducir los riesgos o transmitirlos pagando un coste a terceros. La transmisión de los riesgos a otras empresas especializadas se suele hacer mediante contratos de seguro. Sin embargo, ninguna empresa puede conocer con total seguridad cuales son las consecuencias de las decisiones tomadas ante una situación determinada, por lo que cualquier decisión que se toma en una empresa implica, en mayor o menor grado, un cierto riesgo, es decir la posibilidad de éxito o de fracaso. El filósofo suizo Jean Jacques Rousseau una vez dijo: “es necesario prever que no se puede prever todo”. Por consiguiente, por mucho cuidado y previsión que puedan emplear en sus decisiones los directivos de una empresa, toda decisión supone un grado de incertidumbre, o sea la posibilidad de que las cosas no sucedan como se había planificado. Lo más trascendental para las empresas es el hecho de que todo riesgo implica una pérdida económica, puesto que el percance suele provocar una disminución en los beneficios de la empresa. El riesgo que no se puede eliminar ni transmitir rentablemente a terceros debe ser asumido por la empresa. Los empresarios asumirán riesgos en función a que las expectativas de obtener beneficios superen las posibilidades de sufrir pérdidas.

El riesgo empresarial se puede eliminar (o minimizar) transmitiéndolo a otros con un coste; por ejemplo, por medio de un contrato de seguro. Mediante un seguro se elimina el peligro de sufrir pérdidas económicas que pueda provocar un siniestro. Un ejemplo típico es el empresario que asegura la fábrica contra incendios, inundaciones y robos. En créditos comerciales tenemos un seguro clásico para proteger a la empresa de posibles insolvencias de los clientes: el seguro de crédito. No obstante, no todos los riesgos son asegurables ya que los de naturaleza especulativa en principio no se pueden asegurar, por ejemplo una inversión en bolsa de los excedentes de tesorería, ya que hay tantas posibilidades de ganar dinero como de perderlo. Además del riesgo comercial en las operaciones de exportación existe el denominado riesgo político. El riesgo político es la contingencia que se produzca el impago de una operación comercial por culpa de una guerra, revolución, o crisis interna del país donde resida el cliente que imposibilite la transferencia de divisas al exterior. Esta situación implica que el comprador a pesar de ser solvente y de querer pagar, no puede enviar el importe de la deuda al proveedor.

Los riesgos se clasifican en dos grandes grupos según su naturaleza: por un lado tenemos los denominados riesgos puros en los que únicamente existe la posibilidad de sufrir una perdida como el riesgo de incendio y por otro los riesgos especulativos en los que se puede perder, pero también se puede ganar; por ejemplo, una inversión en acciones cotizadas en bolsa. Los riesgos especulativos son asumidos por la empresa cuando las expectativas de beneficios superen las posibilidades de pérdida. Este tipo de riesgos juegan un importante papel en la obtención de beneficios y rentabilidad. Aunque anteriormente se ha dicho que los riesgos especulativos no son asegurables, si se pueden minimizar mediante una gestión empresarial adecuada.

También existe un tipo de riesgos de naturaleza mixta: es el riesgo de crédito interempresarial. El riesgo de crédito interempresarial es de naturaleza mixta puesto que depende en gran medida de la estrategia de riesgos que tenga la empresa, pero también de la eventualidad de que los clientes paguen bien o de que paguen mal. Si la empresa adopta una estrategia de riesgos flexible, basada en la tolerancia en la concesión de créditos y en potenciar las ventas con aplazamientos de pago a un mayor segmento de compradores. Esta estrategia va a suponer un importante incremento de las ventas ya que la empresa va a vender a crédito a nuevos clientes cuyos comportamientos de pagos pueden ser mediocres y cuyas solvencias son susceptibles de empeorar. Estas circunstancias implican un mayor riesgo de morosidad, ya que puede suceder que una gran parte de los clientes se retrasen en el cumplimiento de las obligaciones de liquidación de las facturas o que incluso no atiendan los compromisos de pago. No obstante, si hay suerte y las cosas salen bien, la mayoría de los clientes paga puntualmente; de modo que la empresa obtendrá grandes beneficios puesto que gracias a la estrategia de riesgos flexible la compañía habrá alcanzado un gran volumen de facturación, lo que sin duda le supondrá la obtención de un buen margen comercial. En otra postura antagónica de riesgos, una empresa que practica una selección cuidadosa de sus clientes sólo vende a clientes solventes y buenos pagadores, practica un escrupuloso control del riesgo, tiene mala suerte y un cliente importante (que nadie sospechaba que tuviera problemas financieros) se declara insolvente y le hacer perder 100.000 euros; esta compañía tendrá un quebranto importante en su cuenta de pérdidas y ganancias por culpa de la mala fortuna.

Desde el punto de vista de la estructura patrimonial de una empresa existen dos grandes grupos de riesgos: los riesgos del activo fijo y los riesgos del activo circulante. Los riesgos del activo fijo son los que pueden afectar los edificios, naves, instalaciones, maquinaria, mobiliario, vehículos, bienes de equipo. Y los riesgos del activo circulante pueden afectar al stock de productos terminados, materias primas, mercancías, productos en curso, dinero efectivo guardado en la caja, fondos líquidos disponibles por la empresa y al realizable. En la práctica todo el activo fijo formado por edificios, instalaciones, maquinaria y vehículos suele estar asegurado contra cualquier contingencia que pueda menoscabar el valor de dichos activos. Por este motivo la mayoría de las empresas tienen un seguro que proteja los activos del inmovilizado contra incendios, inundaciones, accidentes, siniestros y robos. El activo circulante constituido por los productos acabados, materias primas y productos en curso también está asegurado contra incendios, siniestros, robos e incluso en muchos casos las empresas tienen una cobertura que asegura la obsolescencia de las mercancías. Asimismo, el dinero efectivo guardado en la caja fuerte está normalmente asegurado y los fondos líquidos depositados en los bancos están perfectamente custodiados por las entidades de crédito, las cuales asumen todos los riesgos. En cambio la masa del activo circulante formada por las cuentas de clientes y que suele ser una de las partidas del activo más importante no acostumbra a estar cubierta por ningún tipo de seguro. La forma de asegurar esta partida del activo circulante sería mediante un seguro de crédito, pero son relativamente pocas las empresas que cuentan con este tipo de cobertura. Paradójicamente es el elemento patrimonial formado por las cuentas de clientes y los derechos de cobro, donde las empresas se juegan sus pérdidas o ganancias. Las partidas de clientes constituyen la fuente de riqueza para los negocios, pero en la mayoría de los casos es un elemento patrimonial que está desprotegido frente a los riesgos. A los riesgos derivados de las cuentas de clientes y de la falta de pago de las ventas realizadas a crédito reciben el nombre de riesgos del crédito interempresarial o crédito comercial.

 

 

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Autor: Pere Brachfield, abogado colegiado en el Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona, ICAB.
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