Los morosos impenitentes españoles medran en pleno siglo XXI

Los morosos profesionales redomados siguen existiendo en España

En el año 1963 se produce un acontecimiento muy importante para los morosos empedernidos. El Protocolo nº 4 al Convenio para la protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales, del Consejo de Europa declaró que: “Artículo 1. Prohibición de prisión por deudas. Nadie puede ser privado de su libertad por la única razón de no poder ejecutar una obligación contractual”. En 1978, el representante del Estado Español suscribió en Estrasburgo dicho Protocolo. Asimismo, en el año 1966, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció una serie de derechos humanos universales, y estableció lo siguiente: “Artículo 11.-  Prohibición de prisión por deudas. Nadie será encarcelado por el solo hecho de no poder cumplir una obligación contractual”. Vale la pena señalar, que España se adhirió a este Pacto en 1985. Por esto, en el siglo XX, la mayoría de las legislaciones prohibieron la pena de prisión por deudas y consagraron la protección de ciertos bienes del deudor de la persecución de sus acreedores. Por ejemplo, en España, hasta la promulgación del Código Penal de 1995 todavía existía la prisión por librar un cheque en descubierto, o sea, entregar un cheque cuando no había fondos en la cuenta bancaria, como establecía el artículo 563 bis, b del extinto Código Penal de 1973. En la actualidad, con el Código Penal vigente, el cheque sin fondos no está tipificado ni penado como delito en España.

Hoy en día, el Numerio Negídiez, nombre del moroso profesional, tiene una vida fácil en la España ya que se hace el insolvente como la zarigüeya se hace la muerta, para que sus enemigos la dejen en paz. El pufista sabe que tiene impunidad absoluta ante la justicia; a pesar de que suele exhibir un envidiable nivel de vida, no tiene un solo bien a su nombre. Fuera de toda duda, la Península Ibérica es una reserva natural para una fauna de morosos impenitentes que campa a sus anchas y medra a costa de los incautos acreedores, que se ven impotentes para recuperar sus créditos. A través de un largo período de evolución, la Península se ha convertido en un ecosistema ideal para que vivan en perfectas condiciones una comunidad de morosos impenitentes magníficamente adaptados al medio y que se nutren de las especies productoras. La interrelación del moroso profesional con su hábitat produce importantes daños al resto de la sociedad. El moroso de profesión ha triunfado, escapando del esfuerzo, del trabajo y del riesgo que tienen que afrontar los otros agentes productivos. Yo comparo a los morosos profesionales con los vampiros. Estos deudores se han convertido en auténticos parásitos sociales que se nutren de los fluidos hurtados a sus huéspedes. Estos morosos actúan como auténticos “Nosferatus” económicos, ya que vampirizan de tal modo a sus víctimas, que aparte de chuparles el dinero (metafóricamente hablando), los convierten a su vez en vampiros financieros –lo mismo que hace Drácula con sus víctimas a las que asesta su mordedura fatídica– de modo que las víctimas vampirizadas deben de hacer presa en sus propios acreedores para poder sobrevivir.

En la actualidad, España es un paraíso para los morosos impenitentes y ha sido siempre propicia para los malos pagadores, pero en la actualidad es un edén; y no creo que la situación vaya a cambiar. España siempre ha sido un excelente caldo de cultivo para que proliferen los morosos empedernidos. Mi hipótesis es que existen tres condicionantes principales para propiciar la morosidad intencional.

En primer lugar, existe un marco legal “in favor debitoris” (latinajo que viene a decir que las leyes y la Justicia deben favorecer más al moroso que al acreedor) y unos poderes públicos demasiado tolerantes con los morosos. Por tanto, tradicionalmente la Justicia se ha inclinado más a favor de los deudores –considerados la parte más débil y a la que había que proteger– que del acreedor (muchas veces contemplado como el villano de la película). Hay que hacer notar, que los orígenes de esta tradición de interpretar las leyes a favor del deudor se remontan al Derecho romano.

En segundo lugar, tenemos el comportamiento de un determinado tipo de individuos que a la hora de pagar sus deudas dejan mucho que desear; existe una legión de mendas que padecen una disfunción a la hora de rascarse la faltriquera. Estos aprovechados han hecho de la morosidad una ocupación muy lucrativa, porque en España existe el oficio de “moroso profesional”. A lo largo de mi carrera profesional he tratado con personajes con una dureza facial que superaba con creces a la del diamante; tal vez me hubieran dado el premio Nobel de física, si hubiera conseguido una muestra del tejido de la cara de un menda de esos.

Y, en tercer lugar, la sociedad es excesivamente permisiva con los morosos y ha hecho la vista gorda ante sus desmanes e incluso les ha brindado siempre un cierto amparo. En España trae cuenta ser mal pagador. Los españoles son un pueblo intransigente para ciertos comportamientos sociales, pero conformista frente a la morosidad. Para un moroso contumaz la vida es placentera.

En cambio, en los países anglosajones la morosidad intencional está muy mal considerada por la sociedad y a los morosos se les contempla como sujetos marginales. En apoyo a esta afirmación en inglés a los morosos profesionales se les llama “delinquents”; la etimología de la palabra viene directamente de la voz latina “delinquens” (que comete delito). Además, a la morosidad en inglés se la denomina “payment delinquency”, lo que en español quiere decir delincuencia en los pagos; o sea que en la lengua de Shakespeare a los morosos ya se les criminaliza con su propia denominación.

Y ¿Cuál es el país en el que la situación es totalmente opuesta a la española? Es decir, cuál es la sociedad en nuestro planeta es la menos tolerante con los morosos.  La respuesta es: Japón. En el País del Sol Naciente, el hecho de no atender los pagos es una vergüenza tan grande, que el moroso hará lo que sea para pagar sus deudas. Y si no puede, el moroso japonés se hace el harakiri para no afrontar el deshonor de no poder pagar.

 

Autor: Pere Brachfield
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