Los condicionantes de la morosidad

La morosidad no es un fenómeno provocado por una única causa, sino que es necesario considerar la existencia de varios condicionantes que interaccionando entre sí provocan el nivel de morosidad existente en un momento dado en la economía de un país o en un sector determinado.

Por lo tanto no estamos ante un solo determinante sin que se debe buscar el origen de la combinación y convergencia de varios determinantes.

Estos condicionantes son:

  • La coyuntura económica
  • El sistema financiero
  • El comportamiento de pagos de las administraciones públicas
  • El mercado y la competencia
  • El sector económico y el subsector
  • La cultura empresarial y los hábitos de pago
  • La ausencia de una cultura de cobro de los acreedores y excesiva permisividad ante los retrasos en el pago
  • El tejido y la estructura empresarial
  • El marco legal

De todos estos determinantes, y a pesar de que los factores coyunturales pueden agravar la morosidad, los principales condicionantes de los impagados son los tres últimos: la cultura empresarial y costumbres de pago, la estructura empresarial y el marco legal. Estos tres elementos actúan de forma sinérgica y en la actualidad son los auténticos culpables de los problemas de cobro, por este motivo los estudiaremos más extensamente.

La coyuntura económica

La coyuntura económica afecta directamente al nivel de morosidad, puesto que en una fase de expansión y bonanza de la economía los índices de morosidad disminuyen, mientras que en una época de recesión o de crisis la morosidad se dispara.

El sistema financiero

El sistema financiero controla el grifo del dinero, en una época en que las entidades bancarias conceden generosamente créditos y los tipos de interés son bajos la morosidad global disminuye ya que las empresas obtienen recursos fácilmente, pero en una fase de recesión en que se restringe la concesión de créditos y los tipos de interés suben, la morosidad se dispara.

El comportamiento de pagos de las administraciones públicas

Cuando las administraciones públicas se retrasan en el pago a sus proveedores se produce lo que se conoce como el efecto dominó, que implica que las empresas que no reciben los pagos de las administraciones puntualmente se retrasan en el pago de sus propias facturas, de modo que sus proveedores también se ven obligados a demorar sus pagos y así sucesivamente.

El mercado y la competencia

El mercado también marca el nivel de morosidad, puesto que en caso de existir mucha oferta y poca demanda, los proveedores deben arriesgarse más al vender y ser poco exigentes en el momento de reclamar el pago, en cambio si hay más demanda que oferta se puede exigir incluso el pago anticipado.
Asimismo cuando la competencia actúa con lealtad se puede controlar a los morosos con ficheros de morosos, pero en cambio si los competidores están dispuestos a vender como sea es imposible controlar la morosidad del sector.

El sector económico y el subsector

Las costumbres de pago del sector o del subsector económico concreto influyen en el volumen de morosidad, puesto que existen ciertos subsectores en los que prácticamente no hay morosos, puesto que existen fuertes controles que expulsan a los malos pagadores.

La cultura empresarial y los hábitos de pago; la costumbre de pagar tarde.

La cultura empresarial y las costumbres de pago son un factor muy importante puesto que en muchos casos son el principal generador de morosidad.
En muchos países no existe una cultura empresarial que fomenta el pago puntual y las empresas no dan prioridad alguno a tener un perfil de buen pagador, por consiguiente no supone ningún objetivo estratégico para las empresas, por lo que no se han implantado políticas de atender puntualmente los pagos a proveedores.
Por lo tanto no son causas estructurales ni coyunturales las que provocan la morosidad, sino una actitud generalizada de la sociedad ante el incumplimiento de las obligaciones de pago.
Para muchas empresas es un comportamiento perfectamente ético retrasar al máximo los pagos a los proveedores como fuente gratuita de financiación. Incluso existen empresarios que consideran normal pagar las facturas únicamente después que el acreedor les ha exigido varias veces el pago.
Llevando esta política a sus últimas consecuencias, algunos directivos consideran ético no realizar el pago en caso de que el proveedor se olvide de reclamar la deuda.
Esta carencia de ética y cultura empresarial en el cumplimiento de las obligaciones de pago se puede constatar incluso cuando el deudor firma documentos mercantiles como puede ser contratos, reconocimientos de deuda, pagarés o cheques. En numerosas ocasiones el suscribir estos documentos –que en otros países son casi sagrados– no supone para el firmante ni siquiera un compromiso moral para su cumplimiento.
Otro ejemplo de esta falta de cultura de pagos es que cuando un empresario – o incluso alguien famoso– no atiende sus obligaciones de pago, nadie se escandaliza y la sociedad permanece impasible. Este hecho supondría un escándalo en otros países desarrollados, en los que los morosos están muy mal vistos por la sociedad.
Al moroso no se le ocurre pensar si su conducta es ética o no, ya que en su escala de valores no aparece ninguna referencia moral respecto al cumplimiento de las obligaciones de pago, y tampoco la sociedad le marca el camino a seguir.

La ausencia de una cultura de cobro en las empresas acreedoras y la excesiva permisividad ante los retrasos en el pago

Las prácticas de cobro en muchos países hispanos son excesivamente laxas y además las empresas no han desarrollado una metodología adecuada para rentabilizar sus inversiones en clientes. Asimismo existen debido a la carencia de una cultura empresarial que otorgue prioridad a la cobranza de las ventas las empresas sufren elevadas pérdidas por culpa de la morosidad de sus clientes.
En general en los países del ámbito hispano, los directivos de las empresas proveedoras son demasiado tolerantes con los deudores, ya que prefieren priorizar las actividades comerciales y las relaciones públicas a tratar las condiciones de pago y a reclamar el pago puntual de las facturas. Por lo general los hombres de negocios hispanos por cuestiones puramente culturales son mucho más reticentes que sus colegas europeos (o norteamericanos) a la hora de requerir el pago a los clientes. Tanto la tradición católica como la cultura hispánica –esta última excesivamente generosa y caballerosa– consideran de mal gusto apremiar el pago a los deudores, por lo que los directivos de las empresas acreedoras se sienten incómodos cuando tienen que recordar a los clientes que han de efectuar el pago de las deudas comerciales.

En el caso de España, los directivos y cargos de las empresas tienen una especie de pudor –o incluso sienten vergüenza– a la hora de reclamar el pago de las facturas vencidas a los clientes.

Esta situación no se produce en otras culturas empresariales, puesto que lo primero que hacen las empresas es dejar bien claras las condiciones de pago y son muy rigurosas en el cumplimiento de los plazos de pago de cada operación comercial. Los directivos europeos o americanos no sienten el más mínimo escrúpulo a la hora de reclamar el pago de las facturas a los clientes remolones, y lo hacen inmediatamente después que ha transcurrido el plazo de crédito otorgado.

Otro problema que afecta muy negativamente los resultados de cobro de las empresas españolas, es que en muchas compañías no se han incorporado objetivos de reducción del período medio de cobros ni de los saldos de clientes, puesto que no se da importancia a la gestión del crédito comercial.

El tejido y la estructura empresarial

La estructura empresarial también determina la morosidad, puesto que existen muchas empresas con una deficiente estructura financiera, mala organización y nula planificación. Esto se debe a que en muchos países el tejido empresarial está formado mayoritariamente por microempresas y pequeñas empresas que disponen de escasos recursos financieros.
Tomando como ejemplo el caso de España, el 94% son microempresas y en general todas las pymes suponen el 99.99% del tejido empresarial. Y el 85% de las pymes son empresas familiares.
Esto significa que la mayoría de las empresas tienen estructuras financieras muy débiles, por lo que son altamente frecuentes los problemas financieros y las tensiones de tesorería. Asimismo la dirección de muchas pequeñas empresas está en manos de su propietario, que con frecuencia no tiene la suficiente formación financiera para dirigir una empresa en el entorno económico actual.

Por lo general los problemas habituales de las pequeñas empresas y que originan su precaria situación para atender correctamente los compromisos de pago son:

  • Haber sido creadas con una aportación de capital insuficiente por parte de los socios
  • Grandes dificultades para obtener recursos financieros a largo plazo que den estabilidad a su estructura
  • Periodo de maduración muy largo puesto que los clientes pagan con un PMC superior a 90 días.
  • Financiación espontánea muy limitada ya que los proveedores exigen el pago a 60 días o menos.
  • Excesivo endeudamiento externo a medio plazo para financiar sus inversiones en bienes de equipo, maquinaria, instalaciones, vehículos.
  • Excesivo endeudamiento a corto plazo con elevado coste para financiar las necesidades de fondos y alto coste en intereses bancarios.
  • Morosidad y falta de cumplimiento de pago de los clientes
  • Márgenes insuficientes por exceso de costes
  • Costes de estructura muy elevados en relación con el volumen de negocio
  • Beneficios escasos y rentabilidad insuficiente
  • Mala organización empresarial y falta de una dirección competente
  • Falta de planificación empresarial y lenta reacción a los cambios del entorno
  • Ausencia de planes de negocio a medio y largo plazo

Por todo ello la precaria situación financiera de un gran número de las empresas, provoca una permanente falta de recursos de tesorería que hace que no pocos negocios se conviertan en morosos crónicos. Esto viene agravado en bastantes ocasiones por la actuación de una dirección poco competente, que en vez de buscar soluciones a los problemas de circulante de las empresas, se limita a incumplir sus pagos a los acreedores como salida fácil a las crisis de tesorería.

El marco legal

La tendencia es que los empresarios acuden muy poco a los jueces y tribunales para la reclamación de los impagados. Únicamente un pequeño porcentaje de las empresas –en España aproximadamente el 23%– emprenden acciones judiciales para reclamar el pago de sus créditos morosos. Las principales razones de esta actitud es la lentitud con que funciona el sistema judicial en muchos países –como es el caso de España– y el elevado coste de los procesos. Estos dos factores son los que principalmente desincentivan a los empresarios a acudir a los tribunales. Los acreedores que no tienen confianza en que la justicia soluciones rápidamente sus demandas, prefieren evitarla, puesto que la lentitud beneficia en la práctica a los morosos que actúan de mala fe. Con frecuencia los morosos contumaces incitan a sus acreedores a acudir a los tribunales como estrategia para ganar más tiempo y poner a salvo su patrimonio.
También es legión los acreedores que opinan que muchas veces no sirve de nada ganar un pleito contra un deudor porque la sentencia es papel mojado ya que no se cumple o se cumple demasiado tarde.
Como ilustración a esta situación hay que tener en cuenta que la duración media de un pleito civil en España –hasta obtener sentencia en primera instancia– es de once meses a lo que hay que añadir el plazo de ejecución de sentencia –teniendo en cuenta que muchas sentencias se llegan a ejecutar– que suele ser de nueve meses, según estimaciones del propio Ministerio de Justicia. En algunos casos los pleitos pueden prolongarse varios años hasta la ejecución de los bienes del deudor.
Todo ello explica porque los empresarios evitan acudir a los tribunales para recuperar sus deudas y que según un estudio reciente realizado en España por el Instituto de Crédito Oficial ICO, el 60% de las empresas prefieren renunciar a todo –o casi todo– lo adeudado con tal de dar por finalizado el asunto y no acudir a los tribunales
Por consiguiente la utilización de la vía judicial para la reclamación de deudas incobrables ha sido el último recurso que tenía la empresa y no siempre se ha demandado judicialmente todos los clientes que se lo merecían por razones de tiempo y coste. Las demandas judiciales se suelen interponer con preferencia en los casos que la cuantía de la deuda sea muy elevada, la solvencia del deudor haya sido comprobada y sea buena, y que se disponga de una documentación acreditativa de la deuda que permita interponer una demanda.
En casos de importes menores y de no disponer de documentación adecuada, la mayoría de los acreedores tienen la política de pasar a fallidos dichos créditos una vez se ha agotado la gestión amistosa con el moroso, puesto que la lentitud de los procedimientos judiciales para la reclamación de deudas, así como la complejidad y elevado coste de los procesos hace poco rentable presentar demandas.

1 comentario en “Los condicionantes de la morosidad

  1. Muy bueno tu artículo, te escribo desde Argentina y te aseguro que aqui conocemos muy bien de todos estos problemas. Vivimos en el infierno de la morosidad continúa. Un abrazo y que mejoren las cosas para mi querida España y su noble gente.
    Cordialmente,
    Dr. Fernando García

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